miércoles, 30 de enero de 2008

FÁBULAS AMORALES 1: Historia del pájaro existencialista y su libido mortal (VERSIÓN REVISADA)

En lo hondo de la selva vivía un pájaro de bello plumaje que leía a Sastre desde polluelo. Así, temprano desarrolló la noción de que actuaría siempre en consecuencia de saberse solo ante una vida incierta y ser un sujeto condenado a la libertad.

Pero al presentir que se acercaba su primera temporada de celo, se sumió en una profunda angustia. Ésta venía del que su especie, entre todas las aves, tiene dos peculiaridades: un codiciado y único plumaje, por un lado, así como el más delicioso e intenso orgasmo para un macho en todo el reino animal. La primera implicaba que para ese período del año eran presa de implacables cazadores. La segunda, la muerte, puesto que el don sexual de los suyos, con su potencia, mata a los jóvenes novicios de un infarto pocos segundos después de su primera y última eyaculación, sin excepción conocida.

Desde el día en que adquirió esa conciencia hasta el inicio de la temporada de reproducción pasaron siglos. Finalmente, llegó la mañana en que presenció con pavor cómo sus amigos de infancia se morían uno tras otro en los alrededores de su nido (eso sí, dando trinos extasiados y aleteando casi como colibríes) mientras él en su fuero interno trataba de resistirse contra el deseo creciente que le consumía. Con angustia vital se decía que todo su afanoso trabajo de desarrollo moral e intelectual –que a nadie en ese momento le importaba excepto a él- se iría al traste de ceder a ese único y casi fortuito acto de lujuria; igualmente, temía estar siendo demasiado escrupuloso ante el natural flujo de sus deseos, negándose la tan ansiada afirmación de su existencia a través del cuerpo.

Pasaron las horas y el ave existencialista, tensa, trataba de reflexionar mientras miraba como tantos cogían locamente a su alrededor sabiendo que no habría un mañana. Pero el fin de sus cavilaciones llegó bajo la forma de una pajarita sensual que se posó en la rama de enfrente y lo miró lasciva para luego darse la vuelta mientras levantaba la cola. Volvió su cabeza de nuevo para posar sobre él unos ojos ansiosos, respirando agitadamente.

Entonces el pensador dejó atrás toda duda, se dispuso, y en el preciso momento en que extendía sus alas para abalanzarse sobre ella la bala certera de un cazador lo atravesó justo por el pecho.

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