Siete de la Mañana (7:00 am)

"Levanta la mirada: queda un peldaño más por ascender.

El arte de subir escaleras resulta para ella uno de los tantos retos a los que se tiene que enfrentar a lo largo del día; pareciera que cada vez que apoya el pie, el otro se resigna a continuar con el labor de rutina diaria y se adormece hasta el siguiente respingo, con el que sigue avanzando... otro peldaño más, el último le costó, sin exagerar, alrededor de 4 minutos. Ahora puede apreciar el perfecto trabajo que siempre ejerció su mano derecha, 5 dedos que le sirven como una herramienta prescindible de apoyo para transportarse.

Coloca su tembleque mano sobre el pasamanos de la escalera, tarda otros 4 minutos en el siguiente escalón, y así consecutivamente, hasta cubrir los 23 peldaños y caminar directo a su habitación.

Lo primero con lo que se cruza al entrar, es su reflejo: dándole honor a la orgullosa vanidad juega un rato con él, girando sobre su propio eje, hasta que su espalda decide arruinarle la diversión y cruje en señal de “detente o dormirás esta noche en el hospital”. No capaz de controlar sus impulsos corporales, bufa malhumorada y se aleja del espejo. El calambre de su espalda prevalece en son de no querer dejarla en paz, aprieta la almohada contra su cara e instantes después, alza la mirada como si nada hubiera pasado. Ya está lista para escoger qué atuendo ponerse para salir a comprar su desayuno.

Camila no era, ni nunca fue una buena cocinera, no por inutilidad pero los temas culinarios siempre le habían desagradado, y ¿qué mejor forma de aprovechar el número de su cuenta bancaria con caprichos como esos? Salir a una cafetería y dejarse atender a gusto como se debía.

Después de vestirse y plegar todas las arrugas de su vestido con los dedos, tuvo que patear ligeramente a uno de sus gatos, Euriclio, que sin el menor remordimiento se enroscaba en una de sus piernas. Esto la enfurecía, tanto tiempo batallando con la plancha para que los pelos de gato y el felino procesador de ellos arrugara la falda.

Volteó nuevamente al espejo, las esquinas de su boca se crisparon ligeramente, consideraba como gran ventaja que su blanco cabello combinara con todo... cualquier otro se hubiera vuelto loco al escoger algo que se acomodara con un vestido azul y un gorro naranja.

Giró su tembleque mano para verificar en su muñeca la hora: su resplandeciente reloj le indicaba que eran exactamente las 7 de la mañana, tiempo en el que usualmente dejaba su casa. Antes de cruzar la puerta hace un fatídico intento de estirarse, el dolor de la espalda le recordaba que las cosas no eran como solían ser antes, y que debía apresurarse si quería desayunar a tiempo.

A sus 85 años de edad, Camila permanecía fresca como lechuga, de vivir en un vecindario más pequeño o una época medieval la hubieran tachado como zombie o proyecto de bruja; nada indicaba que esa mujer, a pesar de las incontables arrugas y su dependencia al bastón, fuera a quebrantarse algún día".

Un pequeño cuento para recordar a una querida amiga...

Sendoshi Kurumada

Comentarios

Yo con menos años me siento igual que el personaje, que mal ;(. Ni modo, el tiempo pasa y no se detien.

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