martes, 6 de octubre de 2009

Conociendo el Haiku - Capítulo 1: Definiciones y orígenes culturales

Muy bien, tras de un silencio que se prolongó sin mucho hacerse notar, R. Espiral está acá de vuelta. Esta vez, les quiero compartir los principales fragmentos de un ensayo que escribí acerca de uno de los temas que más me apasionan el mundo: la poesía haiku.

¿Eso con qué se come? Es justamente lo que me dedicaré a responder durante las siguientes semanas. Cualquier duda, por favor inclúyanla en los comentarios y la responderé encantado dentro de mis posibilidades.

Sin más, la primera parte:


¿Qué no es un haiku?

en este mundo

techo del infierno

contemplo las flores

- Kobayashi Issa


Imagine que tiene un puñado de arena en una de sus manos. Vea como casi toda ella escapa entre sus dedos. Cuando tras de un instante se quede quieta, abra el puño, mire en su palma los pocos granos que restan de su intento por contener algo inasible. Nuestra relación con haiku, en buena parte, se parece a esto.

Como con cualquier otra cosa que quiera ser sujetada al lenguaje, lo que se pueda decir de haiku es tanto una aproximación como una mentira acerca de ello, hablar sobre lo que no es. Es apuntar, pero sólo eso, hacia algo que debe ser vivido para ser encontrado.


Existen ya trabajos de extraordinaria riqueza y profundidad con este objetivo, varios de ellos insuperables según el humilde criterio de quien escribe. Valga citar a los autores que me han resultado más destacables: Octavio Paz (en especial el magnífico prólogo para su traducción del clásico Sendas de Oku), la puertorriqueña Gloria Ceide-Echevarría, los españoles Fernando Rodríguez-Izquierdo y Antonio Cabezas, los estadounidenses R.H. Blyth y Donald Keene, los franceses Maurice Coyaud y Roland Barthes, o el japonés radicado en Estados Unidos Haruo Shirane (importante promotor del género y destructor de mitos sobre el haiku en ese país). Además, el trabajo serio y entregado de diversos portales colectivos en la Internet dedicados al haiku (en niveles de creación, difusión y debate) debe ser reconocido. Tales antecedentes hacen eco en los siguientes párrafos, tanto para nutrir puntos fundamentales así como para sanos desacuerdos.



Asuntos formales


Suele definirse al haiku como un tipo particular de poesía tradicional japonesa, con forma y temas consolidados hace aproximadamente unos cuatrocientos años, cuya principal característica es la de limitarse a una extensión de diecisiete sílabas, distribuidas en una estructura ideal de tres versos con métricas de 5-7-5, respectivamente. Casi siempre prescinde de título, reduce la puntuación y el uso de verbos al mínimo, y no requiere de rima. Hay además otras “reglas”, pero estas serán abordadas cuando vengan al caso.


Se ha dicho también que sus temáticas son los objetos y acontecimientos de la vida cotidiana, abordados de un modo sobrio, usualmente con base en la naturaleza, desde una perspectiva más bien “objetiva”. Esta aseveración, en extremo común, también será discutida más adelante.


Aunque poco, lo ya anotado puede hacerle parecer complejo. Pero no es así. El haiku en realidad es un tipo de poesía que, si tuviera que ser definido por una virtud, lo sería sin duda por la modestia. No pretende ni aparenta; sólo logra, cuando es realizado con éxito. Su mínima forma es el primer signo de ello.


Tomo como ejemplo el epígrafe de esta introducción, que es un haiku de Kobayashi Issa, poeta del siglo XVIII y de quien se hablará luego con detalle. El siguiente es del mismo autor. Reza:


donde haya hombres

habrá moscas

habrá Budas también


Ese es todo el poema. De inmediato, nos damos cuenta de que el autor, más que decirnos, ha querido transmitirnos algo. Ha intuido toda una ruta de sensibilidad, pero sólo nos ha dado la primera pista para seguirla. A diferencia de tanta de la poesía occidental, que se empeña en explicarse y cerrarse sobre sí misma, de entregársenos como algo ya hecho, Issa nos susurra apenas un instante de fuerte consciencia. Si ese suspiro se convierte en discurso (se puede hablar sobre cómo muestra de modo sencillísimo la visión budista del cosmos, su modo de integrar las contradicciones de la especie humana, su modo llano de hablar sobre el potencial de cada persona para lo divino o lo sucio) es ya por comentario nuestro, el modo en que hemos querido completarlo. Es poesía que busca su plenitud y sentido en su receptor o receptora, no en sí misma.


No es todo el haiku japonés así de “profundo” (aunque vemos, con la referencia a las moscas, que sí trata de huir de lo muy solemne). En realidad, la mayor parte se detiene, como ya se indicó, en los elementos sencillos de la vida cotidiana y la naturaleza. Por ejemplo, cuando otro de los grandes maestros, Shiki, escribe:


corté una rama
y clareó mejor
por la ventana


es fácil percatarse de que cualquier situación u objeto puede ser motivo para un buen haiku. La vida en cualquiera de sus facetas lo es.


Pero, antes de extenderse en esa dirección, supongo que han de estar en el aire algunas preguntas que son usuales cuando topamos con haiku por primera vez: ¿Qué historia e ideas dieron origen a un tipo de poesía tan breve? ¿Cómo llegó a lo que llamamos Occidente? ¿Cuál es el pasado del haiku en español? ¿Para qué haiku? Puede que haya otras, pero responder rápidamente a las ya anotadas ayudará sin duda a crear un panorama general.



Influencias espirituales


El término haiku no fue acuñado en Japón hasta la década de 1870, y es la fusión de los términos hokku y haikai. Sin embargo, los orígenes tanto de la estructura como del “espíritu” de esta forma de poesía pueden ser rastreados sin dificultad hasta más de mil años atrás en las mismas islas niponas, así como en China y la India. Se hablará primero de la cosmovisión que dio origen al haiku y sigue sustentándolo en buena parte, ya que iluminará mejor el porqué de su brevedad.


Buena parte de la espiritualidad en las culturas de lo hoy llamado Este de Asia presenta rasgos compartidos, dados sus muchos siglos de intercambios y conflictos. El Japón en particular siempre ha sabido integrar de modo único diversas influencias extranjeras sin perder rasgos propios cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos.


La religión japonesa tradicional, el shinto, fue practicada por siglos de manera más bien espontánea y naturalista, no siendo sistematizado hasta el siglo VI de nuestra era, período en que las religiones importadas “del continente” (modo usual de llamar a China) penetraron con fuerza en el país. Se caracteriza por tener una visión a medio camino entre el panteísmo y el animismo: todo en el mundo tiene su dimensión espiritual, está dotado de un alma. Cada objeto o criatura puede contener a un dios (kami), abarcando así desde los pequeños animales o plantas, hasta las fuerzas superiores de la naturaleza. La reverencia hacia los antepasados también es relevante. Tras de su fascinante y variadísima dimensión ritual, subyace una fuerte noción de comunión y reverencia por la naturaleza.


Paralelamente, en Asia Continental se desarrollaban tres nociones religiosas que han dejado huella perenne: el taoísmo, el confucianismo y el budismo, todas surgidas aproximadamente hacia el siglo V antes de Cristo. Nos detendremos en ellas sólo para destacar ciertos aportes fundamentales.


El taoísmo propone una actitud contemplativa de la vida: la mucha actividad o discurso son falsedades, la verdad de la existencia plena está en el contacto continuo y armónico con la naturaleza, el mundo y nosotros mismos. La Verdad del Todo se halla en el Vacío que le subyace. Estas nociones, que influyeron fuertemente la estética china, implican un principio de rigor y reducción: menos puede ser más, lo no dicho o no representado son tan relevantes como lo que apenas se muestra.


El confucianismo, al que usualmente asociamos sólo con su faceta ética o administrativa, enuncia también varios principios para las artes. Recomienda a los poetas la observación e identificación con lo natural, la armonía, así como la espontaneidad y la sencillez expresivas, acompañadas de una fuerte noción de que toda persona debería desarrollar un arte como parte de su formación moral.


El budismo, por su parte, enfatiza que todo lo sensible es ilusión, en particular la idea de que existe un “yo”. Nos llama a ser libres a través del desapego, a ese “dejar ir” que debe ser practicado para con las cosas, los afectos, la propia vida. No es un llamado a la indiferencia, como muchos malinterpretan: es una invitación a estar muy presentes en nuestro aquí-ahora, en cada instante de existencia, dándonos cuenta de que por fugaz es también eterno. No puede perderse lo que no puede ser retenido (acordémonos de la arena), así que toda posibilidad queda abierta para un encuentro íntimo con el Universo, el cual está contenido de modo irrepetible en cada uno de nosotros.


Diversificado en decenas de escuelas con el paso del tiempo, el budismo llega al Japón junto a estas dos otras dos influencias en el siglo VI d.C. Entre sus múltiples formas, hubo una que tuvo particular éxito en las islas: el zen. Nacido como la escuela Dhyāna en la India, entró a China hacia el siglo V d.C, donde tomó el nombre Ch’an e incorporó varios elementos del taoísmo. Se caracteriza este por su énfasis en la intuición, en la no-racionalidad, como principal vía para adquirir la consciencia real tanto del mundo como de la vida. Ser y no-ser son lo mismo, no hay tal cosa como los contrarios, no existen los objetos o las personas como cosas-en-sí: sólo hay procesos. El nirvana o iluminación (en japonés, satori) pueden ser alcanzados de manera súbita en cualquier momento, a través de ciertos ejercicios para acallar la mente racional o incluso en medio de una actividad cotidiana enfocada apropiadamente.


Al entrar a tierras niponas, los budismos tuvieron un éxito arrollador, gracias a su clara afinidad con varios elementos locales. Pero zen se incorporó con mayor éxito en los más diversos elementos de la cultura, algunos de ellos fundamentales: el bushido (camino del samurai), las artes plásticas y marciales, la arquitectura, la jardinería, la ceremonia del té, el ikebana, la caligrafía, el teatro (noh y kabuki), y la literatura, por supuesto. En lo que respecta a la poesía, su influencia se acrecentó gracias a la figura de Matsuo Bashô, pilar y primer gran maestro del haiku como hoy se le conoce.

Conservemos en mente ese último punto. Es en este poeta donde estos hechos conectan con los siguientes. En la próxima entrega, exploraremos los orígenes histórico-literarios del haiku.



2 comentarios:

La Dama Ambulante dijo...

muy bien esteban!!! todo cierto y muy hermoso, la verdad es que el Haiku es un arte que muy pocos son capaces de hacer.

Y en este caso prefiero el haiku clásico 5,7,5 que haiku occidental. No lo se, siento que es muy urbano y no capta la esencia del haiku original y hace que pierda su forma.

Habra que esperar los resultados del certamen de Haiku de la Embajada Japonesa para ver que tal nos fue!!

Abraham-Franky Aniki!! dijo...

Don Ramirez!! Siempre es un placer leer estos ariculos de su parte...muy interesante la verdad y son cosas que no sabia..ahora puedo decir que me siento mas culto.XD muy buen articulo y muy completo!! En todas!