lunes, 12 de octubre de 2009

Conociendo el Haiku - Capítulo 3: Los grandes maestros

Los maestros del haiku clásico

Matsuo Kinkasu (1644-1694), quien luego adoptaría del seudónimo de Bashô (“árbol de banano”), es considerado por muchos aún como el más grande poeta en la historia del Japón. Fue hijo de un samurai empobrecido. En sus primeros años, logró combinar su formación marcial con la artística y la servidumbre para una familia noble, en la cual hace amistad con el hijo mayor y fortalece sus conocimientos literarios. Para cuando tiene veintidós años su amigo muere, y solicita a sus señores ser liberado del servicio; como la petición es rechazada, huye a Kyoto, donde permanecerá seis años y comienza a buscar su voz poética. En 1672 se va a Edo, en donde comienza a publicar sus poemas, adquiriendo gran renombre casi de inmediato.


Paralela a su celebridad crece su inclinación mística; estudia el budismo zen con el monje Buccho, y esa perspectiva le acompañará para siempre tanto en su vivir como en su poesía. Inicia también entonces su período de peregrinaciones poético-espirituales por todo su país, las cuales realizará hasta su muerte, componiendo su particular renga al lado de viejos amigos y nuevos conocidos de toda clase social. Producto de ello nos quedan sus obras más conocidas, sus diarios de viaje -género popular entonces, en el que se alternaban narraciones, poemas y dibujos-, de entre los cuales el más reconocido es Oku no Hosomichi (“Sendas de Oku”). Su nueva propuesta para el haikai es sobria pero accesible, vivaz a la vez que impregnada de esa tensión inexpresable de cuando el yo queda difuminado durante un instante de contemplación. Sirva de ejemplo este poema, del cual Cortázar tomó el título de uno de sus libros:


este camino

ya nadie lo recorre

salvo el crepúsculo


O este otro, citado múltiples veces por los difusores del zen en Occidente:


Cuando miro con cuidado

¡veo florecer la nazuna

junto al seto!


En cuanto decide vivir de acuerdo al zen, Bashô pasa de ser un hábil versificador del haikai cómico a compositor de poemas en los que se plasma esta otra manera de estar en el mundo, que es también su camino hacia la liberación. Arte y mística, cotidianidad y trascendencia, identificación armónica con la realidad, todo es lo mismo en su poesía, acorde con la visión budista esbozada líneas atrás. Con el paso del tiempo, su aporte a la poesía japonesa y universal no hecho más que agigantarse; los numerosos trabajos dedicados a él dan sobrada cuenta de ello.


Ahora bien, el haikai “de sólo ingenio” no desaparecería, aunque algunos de sus compositores verían enriquecida su poesía por la propuesta del monje-poeta. Sin embargo, después de que la primera generación de los numerosos discípulos del gran haijin (compositor de haiku) fue falleciendo, el poema corto en sus formas más triviales volvió a tomar fuerza.


Yosa Buson (1716-1783), aparece como una potencia renovadora para la propuesta de Bashô, de quien era ferviente admirador. “El año no ha atardecido tras de él”, dice en uno de sus poemas. Habiendo alcanzado prestigio por su cuenta -es considerado “el segundo maestro” del haikai-, dedicó buena parte de sus esfuerzos a recuperar el legado del primer maestro. Le debemos, entre estos, una colección de acuarelas que hasta hoy son compañeras inseparables para Sendas de Oku.


Siendo pintor y caligrafista, más un esteta que un místico, dotó a su haikai de una rica plasticidad, llena de color; la futura asociación entre haiku, pintura o fotografía le debe muchísimo. Sirva de ejemplo:



sopla el poniente,

y al oriente se apilan

las hojas secas


Su obra más tardía iría incluyendo ciertos elementos existenciales, haciendo múltiples referencias a la muerte, la ausencia o el irremediable paso del tiempo, como en este poema:


tarde de otoño

sentado en la penumbra

pienso en mis padres


Contemporáneas de Buson, hay dos figuras relevantes que usualmente son omitidas. La primera es la maestra Chiyo-ni (1701-1775), quien sigue siendo hasta el día de hoy la más fuerte voz del haikai compuesto por mujeres (nada escaso, por cierto) en este período. Sufrió de maltratos en el matrimonio al que se le forzó siendo casi una niña, pero fue bendecida con una pronta viudez y una gran tenacidad. Hizo su camino hasta lograr convertirse en una de las poetas más exquisitas y estimadas en el Japón, pese a lo prejuicios sociales que a menudo tuvo que afrontar. Es el suyo un haikai muy subjetivo, lleno de ternura pero que frecuentemente refleja el sufrimiento personal de modos que no habían sido tratados antes dentro del género. En ese sentido, los poemas que compuso a raíz de la muerte prematura de su hijo son muy citados. Este es uno de los más conocidos:

sin niño que me rompa

las paredes de papel,

¡son tan frías…!


Sin embargo, nunca abandona una visión amorosa y cándida del mundo:

las mariposas

escoltando a las niñas

detrás, delante


La segunda figura es la de Taigi (1709-1771), quien abiertamente construye un haikai que por primera vez se basa más en el ser humano que en la naturaleza. Dicha innovación hizo que pasara casi desapercibido en su época; fue rescatado finalmente por Shiki en el siglo XIX, momento desde el cual se le considera una figura de transición determinante. Es reflejo de su estilo:



noche de otoño.

me pregunto y respondo,

débil de alma.


Es, además, el primer haijin que aborda de modo un poco más explícito el tema del afecto de pareja:

primer amor.

se arriman al farol

cara con cara.


Es en la segunda mitad del siglo XVIII que aparece quien es citado usualmente como el tercero y más personal de los grandes maestros: Issa Kobayashi (1762-1826). Sin escuela ni discípulos directos, se aparta en este sentido de la mayor parte de la tradición japonesa. Fue la suya una vida solitaria y en buena parte desdichada. Sin embargo, crea una poesía llena de amor hacia todo en el mundo: pulgas, moscas, ranas, niños que juegan, locas de pueblo, vacas, flores, para todos hay espacio en un universo poético en que lágrimas y sonrisas se alternan con sutileza indescriptible, con un sentido de comunión a menudo insuperable:

no lloréis, bichos,

que sufren desengaños

hasta los astros.


O bien:

pulgas, también para vosotras

la noche es larga

solitaria sin duda


entre decenas de posibles muestras. Es también autor de uno de los más celebrados poemas de amor japoneses:

de no estar tú,

demasiado enorme

sería este bosque



Con todo, Issa es una voz única en medio de un período de nueva trivialización del haikai. Sería con un cambio mayor en toda la vida japonesa que el género retomaría el aliento vital que no ha perdido hasta el día de hoy, gracias a la tenaz labor de Masaoka Shiki (1867-1902), el cuarto de los grandes maestros y primer haijin moderno.

Crece Shiki en medio de la llamada “Restauración Meiji”, iniciada en 1868, período de muy violentas transformaciones en Japón. Los Tokugawa han perdido su poder, el Emperador ha retomado las riendas del país y abre súbitamente las fronteras a todas las potencias extranjeras. Millones de nipones perplejos atestiguan como su país eminentemente agrícola y tradicional se industrializa en pocos años, mientras la administración gubernamental y el estilo de vida en general se ajustan a los modos occidentales aceleradamente. Muchas de las viejas tradiciones son abiertamente despreciadas por las nuevas generaciones o reprimidas por el gobierno. Hay un confuso pero imparable furor por la “modernidad”.


En este contexto, el joven Masaoka inicia una doble faceta de poeta y crítico literario, teniendo gran éxito en ambas áreas. Se dedica con ahínco a revitalizar las formas clásicas de la poesía japonesa, tratando de demostrar su pertinencia y desmintiendo la supuesta inferioridad que muchos de sus contemporáneos le achacaban. Es él quien acuña en sus ensayos el término haiku, dado que quiere combinar la vitalidad y sencillez del haikai con el rigor y sobriedad del hokku, propuesta que lleva a la práctica de manera admirable.


A los veintitrés años es diagnosticado con tuberculosis. Trabaja de modo febril desde entonces, y su poesía se llena de un agnosticismo que ninguno de los poetas clásicos había tenido. La inminencia de la muerte es patente en varias de sus composiciones:


último otoño

en que comeré caquis

presentimiento


Así como lo es su desprecio por el misticismo y las religiones:


viento de otoño:

no hay dioses para mí,

no hay budas


para los oídos

contaminados por sermones,

el cucú


Buena parte su de obra también se acerca a Buson (a quien consideraba el más grande haijin) en su tratamiento de la imagen:

en todo el monte

yerbas nuevas reflejan

al sol naciente


Es el suyo un estilo en el que se busca libertad y diversidad de temas, si abandonar el rigor que define al género. Esto le lleva a ser flexible con elementos como el lenguaje, la métrica, o el uso de la palabra de estación. En ese sentido, como se verá pronto, él y sus seguidores son mucho más abiertos que varios “puristas” del haiku fuera de Japón hoy en día.


Shiki fallece con treinta y seis años de edad, dejando tras de sí una obra prolífica y una miríada de seguidores dispuestos a continuar con la tradición poética de su país. Eso conduce a las quizá miles de escuelas, perspectivas y discusiones sobre el haiku que siguen proliferando hasta hoy. Está presente en las más diversas áreas de la vida cotidiana japonesa; los principales diarios le dedican secciones completas, abundan las revistas especializadas. Pero esa es ya otra historia.

Es tiempo ya de explorar cómo el haiku deja a su tierra y lengua natales para crecer en otras latitudes, en especial las de habla hispana. De eso se encargará el próximo capítulo.


Nyoze Spiral

1 comentario:

La Dama Ambulante dijo...

Bashoo y Kobayashi!! waaaaaaa!! me encanto todo el articulo completo!! gracias ^^