martes, 17 de mayo de 2011

Heart and soul, one will burn: Joy Division, Ian Curtis como juego de espejos, y otras divagaciones

Les comparto este texto a solicitud de nuestro querido editor. Espero que lo disfruten.

Ian Curtis


Mi mente funciona a menudo como una red espiral: todo conecta con todo y se amplía en un patrón que tiene tanto de caótico como de regular, partiendo de un eje móvil que aún no lo logro determinar (sí, porque también gira). El modo en que me acordé de Joy Division, cómo llegó a convertirse en una de mis bandas favoritas el año pasado, es algo que me lo probó.

En el 2009, sin intención aparente en ningún momento, mi paleta de gustos musicales se amplió exponencialmente. Bastó con notar, como ayer, que mi colección de música digital (no se me juzgue, los discos cuestan una pequeña fortuna en este país), de por sí grande al terminar 2008, prácticamente se había triplicado. Ayer, al poner en mi computadora la música a reproducir aleatoriamente (random) mientras limpiaba la casa, me afeitaba, me preparaba del desayuno, cantando gracias a la ausencia de público, comenzó a sonar una canción que me impactó como si fuera la primerísima vez, pero aún con más fuerza. Era “Love will tear us apart” de Joy Division.

Letra simple pero profunda a la vez -casi un poema oriental-, la melodía dramática sin perder su “convicción rock”, la voz siempre desgarrada de Ian Curtis, y la sensación de pérdida inconsolable ante lo que parecía ser un gran amor. ¿Cómo resistirse? Si bien mi propio estado actual es bien distinto, eso no implicó que no fuera fácil recordar por qué la canción me impactó como lo hizo al descubrirla. Las veces en que me había sentido yo así, todas las veces en que he visto a seres queridos con el corazón roto, todas las ocasiones en la vida real o el arte en que he presenciado como la rutina vence a lo que parecía un amor invencible. Y pensé en Ian Curtis, escribiendo esta canción devastadora, atravesando él mismo esta situación, a escasas seis semanas antes de quitarse la vida.

Recuerdo que llegué a Joy Division tomando como punto de partida a una de mis bandas fundamentales, la fundamental durante más de una década: Depeche Mode. Cuando se supo, en junio del año pasado, que darían un concierto en Costa Rica en octubre -bienaventurado ese día por el resto de vida, amén- me renació el entusiasmo por el synthpop; en ese momento estaba en una extraña exploración en la que combinaba el jazz, el barroco y el death metal, pero la interrumpí.

Dicho entusiasmo lleva como un primer paso hacia New Order, la gran rival de los Mode durante casi 15 años, a quienes aprendí a apreciar en el proceso. Buenos, que lo son sin duda, no llegaron a trastornarme. Sin embargo, al revisar en una biografía de la banda, decía claramente de ellos: [...]“formada por los miembros sobrevivientes de Joy Division tras el suicidio de su vocalista, Ian Curtis...” Supe de inmediato que tras de semejante cosa había una historia, y una nada despreciable además. Ademas, el nombre de esta primera y oscura banda no me resultaba del todo desconocido.

Y tenía razón: en medio de una vieja colección de mp3, a la que genéricamente había etiquetado de “gótica”, estaba un compilado de ellos, el Permanent, que me había pasado desapercibido un par de años atrás. Lo pongo a sonar, y ahí estaba, “Love will tear us apart...” Quedé deslumbrado. El resto del álbum no hizo más que atraparme más. Como con toda la música que de verdad me marca, vino la pregunta: “¿Dónde ha estado esto toda mi vida?”

Así, mientras conseguía su discografía completa -cosa no tan difícil, la banda duró apenas dos años (de mediados de 1978 a mediados de 1980) y su catálogo completo de canciones no son más de cincuenta- me hacía cada vez más preguntas. Me sorprendía el virtuosismo nada pretencioso de sus músicos, todos tan buenos, en especial Peter Hook (qué bajista, por todos los dioses, las líneas de bajo de ese tipo son casi siempre un monumento, el bajo de “Something Must Break Now” es un delirio, a eso le llamo yo un driving force musical) lo innovadores que fueron en su momento (son una influencia fundamental para U2, The Cure, Nine Inch Nails, Radiohead, entre otros), su afán de experimentación (“Dead Souls” tarda dos minutos y once segundos de introducción instrumental, tensa como cuerda de arco, antes de que el vocalista entre; me gustaría ver qué artista pop haría eso aún ahora), pero ante todo, por sus letras, casi todas a medio camino entre la confesión y el enigma. Eran los testimonios de un alma desgarrada, un corazón noble que sentía que el mundo le escupía en la cara todo el tiempo, un ser que tras de una melancolía en apariencia infinita lo que buscaba era liberarse de la alienación y el desencuentro en la sentía condenado a todo el mundo. Eran la voz íntima de un hombre que podría haber sido mi amigo.

No sentía eso desde que descubrí, a los quince años, las letras de Martin Lee Gore, el verdadero genio poético detrás de Depeche Mode. Pero había una diferencia fundamental: Martin (tal como yo ahora) que sabe de desencuentros, pérdidas, dolor, alienación, incomunicación, el vacío angustiante y el sinsentido de la vida contemporánea, con todo, cree en la posibilidad de encuentro entre los seres humanos. En última instancia, cree en el amor, en el arte, en la estética no siempre comprensible de los afectos. Pero Ian Curtis no. Ian, el poeta y lector voraz, el hombre que estaba a un paso de tener al mundo en sus manos, no se dio la oportunidad de vivir lo suficiente, de ver si este aislamiento de las almas humanas que lo destruía era realmente irremediable. Mi pregunta era obvia: ¿por qué?

No narraré acá los detalles de su historia. Por suerte, desde 2007 hay dos excelentes películas que le ayudarán a cualquiera: “Control”, de Anton Corbijn, dotada de una sobriedad devastadora para tratar a la figura de Ian, y el documental “Joy Division”. Si no, los artículos en inglés de la Wikipedia acerca de Curtis o la banda en son muy buenos punto de partida. Baste lo básico: un adolescente que se enamora, se casa, comienza una vida común en una ciudad gris y asfixiante como el Manchester de los 70's, sin futuro aparente más allá de su oficina de burócrata, consolándose con la lealtad de su esposa Debbie (quien eventualmente le dará una hija), los libros que llenaban sus noches, y los poemas que no mostraba a nadie. Ese joven va al concierto de los Sex Pistols en el Trade Center de Manchester -uno de los acontecimientos más importantes de la cultura musical británica del siglo XX-, y tras de él, junto a tres viejos conocidos, se decide a formar una banda. Una banda que, por esa magia que le toca a tan pocos, es excelente desde el principio, a la que se le abren todas las puertas casi sin pedirlo. Su primera serie de presentaciones en Londres lo conduce a los dos hechos que eventualmente provocarían su muerte: el primero de sus ataques epilépticos, y el principio de su romance con la belga Annik Honoré.

Desde entonces, su vida es una espiral en descenso. Los medicamentos para la epilepsia le quitan la capacidad para escribir, o de concentrarse para los conciertos. Decide, por lo tanto, arriesgarse en manos de la enfermedad antes de renunciar a su arte, que es lo único que realmente lo sostiene. Pero es incapaz de decidir entre sus dos amores, uno estable y apuntando hacia una vida de paz un tanto conformista, paciente fuera de lo que muchas mujeres hubieran soportado, el otro volátil pero amplio como el mundo que se le abría a él junto a su banda. Presionado por las responsabilidades del grupo, la tensión emocional, la paternidad que no logra terminar de asumir, y la total incomprensión de los otros miembros de la banda, demasiado exaltados por el éxito como para ver que su frontman se les moría por dentro. Eso, hasta que surge la oportunidad de sus vidas, una gira en los Estados Unidos, desde Nueva York hasta San Francisco. Un poco de suerte, y para 1981 serían superestrellas. Pero él decidió de otra manera. Tras de un último pero patético intento de reconciliarse con su esposa, la noche 18 de mayo de 1980, recién cumplidos los 23 años, se cuelga en su apartamento. Faltaban seis horas para que saliera el vuelo que lo conducía a su consagración.

Debbie y Annik (quien fue la única que realmente vio venir el suicidio) quedan destrozadas. Los otros miembros de la banda hacen su duelo, cambian de nombre, consiguen una buena guitarrista, se convierten en estrellas. Muchos convierten a Ian en leyenda, en ícono del artista maldito (llena el perfil con tanta facilidad...). Y yo, que al otro lado del Atlántico y veintiocho años después descubro esta historia atravesada por todos los elementos de la tragedia, sólo me pregunto por el hombre, el chico casi, a quien nadie supo escuchar cuando más lo necesitó, rodeado pero siempre solo, el poeta que no fue. ¿Qué era eso que quería decir al final? ¿Cuál fue la palabra o el gesto que nadie supo darle? ¿Es que acaso de verdad hay seres cuya llama es tan intensa que no pueden brillar por mucho? Al descubrir su historia, yo ya había vivido tres años más de lo que él se permitió, e ignoraba que mi propia vida estaría en riesgo un par de meses luego, por algo que ya crecía en silencio dentro de mí. Pero él ya había hecho algo, mientras yo sigo buscando mi verdadero lugar en el mundo...

Recordaba todo esto ayer, dejándome claro que lo oídos son sólo mi puente para escuchar con todo el cuerpo y toda la sensibilidad. Veía en Ian no a un héroe, pero sí a un hombre, un testimonio de la condición humana, y varias advertencias. Y, por un momento, mientras escuchaba su banda en el autobús, pensé en una novela que quizá no escriba, una en la que Ian no muere, no en ese momento, una en la que sí va a los EUA, los Joy Division se empapan de la escena punk de Nueva York, la nutren, atraviesan agridulcemente un país donde mucha gente no es capaz de entender su música, llegan a Los Ángeles, se consagran a pesar del auge del hardcore en esa ciudad. Sucede lo inevitable, se divorcia de Debbie pero no logra olvidarla, su relación con Annik tampoco funciona, ella es demasiado europea y a él le ha gustado por el momento el american way, la banda se convierte en algo enorme, hasta el punto de que unos jóvenes U2 tienen que pedirle ayuda para no pasar desapercibidos. Ian se cansa de la banda antes de 1990, los deja para dedicarse a la poesía, New Order jamás llega a existir, Depeche Mode compite contra otra banda en el Reino Unido, Martin Gore conoce a Ian cuando finalmente logran también cruzar el mar, y tras de una breve amistad se vuelven enemigos perpetuos. Trent Reznor peregrina a casa de Curtis en busca de inspiración y consejo en una travesía que, aparte de ellos, sólo yo, el narrador, el reportero de música que Alonso Ramírez no podrá ser, llego a conocer en la entrevista exclusiva en la que Ian me ha contado todo esto sin miramientos, afirmando al final de la misma (sin drama ni tristeza) que más le habría valido morir esa noche de 1980 antes del vuelo.

Así, pues, me bajé del bus viendo de nuevo como todo conecta con todo, irremediablemente, exquisitamente, pero cómo hacerle demasiada cabeza al punto es un portillo abierto a la divagación o a la locura. Me bajé del bus, regresando a esa vida que llaman real, con un poco de hambre y ya sin ganas de escuchar música.


*******

(Acá, claro, dejo muestras de la música de la banda. Faltaba más...)

Love will tear us apart



Transmission and She’s lost control en vivo en la BBC.



Dead Souls
(nota: Joy Division jamás apoyó la nazismo, al que yo mismo repudio. Pido disculpas por la esvástica que algún idiota atravesó en el video.)

1 comentario:

JAY dijo...

Muy buen articulo, no conocia mucho sobre Joy Division apesar de haber escuchado o leido sobre su influencia en varios artistas. Muy interesante la historia del vocalista...