viernes, 28 de octubre de 2011

El Día de los Muertos.



Desde siempre, la muerte ha sido un paso incomprensible para los seres humanos, pero tenemos firmemente la creencia de que el término de esta vida nos conduce a otra más allá. Nuestros ancestros pensaban, que por un tiempo al año, los difuntos podían regresar a la tierra, para disfrutar junto a sus seres queridos los placeres que tenían en vida. Era un tiempo encomendado a la muerte, pero sobre todo, a la espiritualidad.

La tradición del Día de Muertos, se remonta a nuestras raíces prehispánicas. Desde los inicios de la cultura en Mesoamérica, los muertos eran objeto de temor, respeto y reverencia. Posteriormente, las religiones bien establecidas del antiguo México, seguirían reverenciando a los muertos, como guías y protectores.

Las historias relataban que los hombres habían sido creados a partir del maíz, dado por el dios Centeótl, y moldeados por las manos de Quetzalcóatl, el sabio creador. Pero para hacerlo, el bondadoso Dios tuvo que viajar hasta la tierra de la muerte, el Mictlán. Acompañado por su hermano Xólotl, el guía, representado con forma de perro, recorrió las sendas tenebrosas hasta llegar al trono de Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl, señores de los muertos.

Quetzalcóatl les pidió que le regalaran unos huesos para crear a la nueva humanidad, pues habían sido creadas cuatro humanidades anteriores que habían sido destruidas por su maldad y su ignorancia, pero Mictlantecuhtli se negó. El dios de la sabiduría le pidió entonces los huesos prestados, a lo que el rey de la muerte accedió, pero sólo si Quetzalcóatl pasaba una prueba: tocar un caracol, para escuchar su música.

La prueba estaba arreglada para que Quetzalcóatl perdiera, pues el caracol no tenía agujeros para que saliera el sonido, pero el sabio dios llamó a sus amigos los gusanos, que llegaron para comerse parte de la concha haciéndole los hoyos que necesitaba, entonces él tocó y salió una música hermosa. El rey del inframundo lo dejó partir con los huesos “prestados”.


Quetzalcóatl no pretendía regresarle los huesos a Mictlantecuhtli, y decidió salir de sus dominios lo más rápido que pudo, pero no sabía que Tezcatlipoca, su enemigo, fraguaba junto con Mictlantecuhtli la desaparición de él y su nueva humanidad. Con forma de buitre lideró a las sombras, súbditos del Mictlán, para detener al buen Dios. Cavaron un foso profundo y esperaron a que cayera en su trampa.

Quetzalcóatl cayó y los huesos se dispersaron por la tierra yerma, cosa que seguramente los haría infértiles para crear a la nueva humanidad, por lo que lloró y sangró, sentado sobre lo que iba a ser su mejor creación, sus amados humanos. Pero sus lágrimas y su sangre llegaron hasta la tierra y los huesos germinaron, y entonces la nueva humanidad vio la luz del día.

Por obra del sacrificio de sangre y lágrimas fue que la humanidad vivió, es por ello que nuestros ancestros prehispánicos hacían sacrificios, para retribuir un poco lo mucho que los Dioses nos habían dado, la vida. Los huesos debían regresar al Mictán, pues eran prestados, por esa razón, la mayoría de las personas iba a esa tierra al morir.

El Mictlán era una tierra vasta, ordenada en nueve diferentes niveles. Los muertos debían realizar el largo viaje desde la tierra hasta el último de los niveles para alcanzar el descanso eterno, un trayecto que duraba cuatro años. La mayor parte de las ocasiones se les enterraba con un perro, el xoloescuintle que se relacionaba con Xólotl, el hermano y guía de Quetzalcóatl, y con artefactos que necesitarían para su viaje. La travesía se realizaba de manera muy similar a la relatada por los egipcios en su “Libro de los Muertos” y por otras civilizaciones como la griega y la asiria.

Había otros destinos diferentes al Mictlán. Uno de ellos era el Chichihuacauco, el cielo de los niños muertos al nacer o antes del parto, en este lugar, había un enorme árbol que sostenía cálidamente a los pequeños y les proveía de leche que brotaba de sus ramas. Posteriormente, los pequeños podrían volver a la tierra nuevamente para renacer, cuando se terminará el Quinto Sol.



Otro cielo era el que presidía Tláloc, el Tlalocan, un lugar donde había eterna primavera, todo era verde y fresco. Ahí los difuntos gozaban de abundancia y reposo. Iban ahí los que morían ahogados, congelados por el frío o golpeados por un rayo, los que morían de alguna enfermedad y los sacrificados al Dios de la lluvia.

Un destino diferente les esperaba a los guerreros, tanto los que morían en batalla como a los que habían sido hecho prisioneros y sacrificados, ambos los honores más grandes dentro de la sociedad mesoamericana; al igual que a las mujeres que morían al dar a luz, pues se consideraba que morían como guerreras. Este cielo era el Omeyocan, presidido por Huitzilopochtli, donde había luz del sol de manera permanente, cantos, danza y comida en abundancia. Después de un tiempo las mujeres podrían regresar a la tierra en forma de mariposas y los hombres en colibríes.

Pero éstas, no eran residencias permanentes de los muertos, pues una vez al año, el señor de la muerte les permitía regresar al mundo de los mortales gracias a Quetzalcóatl, ya que se rememoraba el robo de los huesos del Mictlán hasta la tierra. Esto sucedía cuando se levantaban las cosechas y comenzaba el otoño, a finales de octubre y principios de noviembre, cuando la obscuridad comenzaba a tomar dominio de la tierra. Eran tiempos de gran energía y turbulencia espiritual, por lo que era tiempo propicio para hacer sacrificios y plegarias.

En estas fechas, el alma de los difuntos regresaba a la tierra para ver a sus familiares y amigos, quienes colocaban comida y bebida a modo de ofrenda. Era un tiempo de espiritualidad y regocijo, en el que vivos y muertos podían convivir en una fiesta sublime. Se agradecía a los Dioses por esta oportunidad de estar rodeado de los ancestros y se hacían plegarias y sacrificios para ellos.

La ofrenda prehispánica consistía en un círculo de sal o cal, elementos santos que purificaban la ofrenda, seccionado en cuatro partes orientadas a los puntos cardinales. Dentro del círculo se ponían los alimentos y bebidas, además de objetos que gustaran al difunto. La flor de cempaxúchitl y las llamas no podían faltar, pues guiaban el alma de los ancestros hasta el hogar donde se colocaba la ofrenda.

El círculo completo representaba el universo en su totalidad, infinito y eterno, pero cíclico. Cada una de estas secciones representaba un elemento, una hora del día, una estación del año, una región del universo y un Dios determinado.

El sur se pintaba de rojo y simbolizaba el fuego, elemento del poder, la vivacidad, creación y destrucción. Símbolo del verano, tiempo de la siembra, del calor y la lluvia, cuando la vida crece desmesuradamente y la Tierra está más cerca del Sol; era el astro rey al mediodía, cuando hay más luz y calor. Se honraba a Huitzilpochtli, Xiuhtecuhtli y Huehueteótl.

El oeste era de color azul y representaba el agua, elemento de transformación, cambio y renovación; el otoño, cuando las hojas caen y se recogen las cosechas, cuando el Sol comienza a morir y a decaer y el frío y la obscuridad comienzan a tomar fuerza, el ocaso. Se celebraba a Tláloc y Chalchitlicue, los señores del agua y la fertilidad.

El norte se pintaba de negro y simbolizaba la tierra, el elemento de la estabilidad y la firmeza, de la fuerza. Era el invierno, la época cuando el mundo se sumerge en tinieblas, y la noche, cuando Coatlicue, la señora de la Tierra devoraba simbólicamente a su hijo Huitzilopochtli, el Sol. Este fragmento de ofrenda representaba el Mictlán y sus reyes: Mictlantecuhtli y Mictecacihuatl. También se honraba a Tezcatlipoca, señor de la ilusión y la obscuridad.

El este era de color amarillo y representaba al aire, elemento de transmisión y libertad, de la inteligencia; era la primavera, tiempo de renacimiento, cuando el frío comienza a pasar y la vida regresa, el amanecer, cuando el Sol renace triunfante sobre la obscuridad. Esta parte representaba la región de Quetzalcóatl donde también se ubicaban Xólotl, Ehécatl y Xochipilli.



De esta manera, nuestros ancestros mesoamericanos no sólo ofrecían a sus muertos alimentos y bebida, sino también ofrendaban a sus Deidades y representaban al Universo y su ciclo eterno, por lo que era muy importante realizarla, no sólo por los difuntos sino por los vivos, no para recordar la muerte sino la importancia de la vida y que ésta es cíclica.

Posteriormente con la llegada de los españoles y la religión católica, esta tradición se amalgamó con el “Día de todos los santos” y el “Día de los fieles difuntos” que misteriosamente eran fiestas celebradas para conmemorar a los muertos y que se llevaban a cabo por las mismas fechas. Aunque estas celebraciones fueron adoptadas por el catolicismo, eran llevadas a cabo por los romanos mucho antes de su conversión al cristianismo.

Entonces se comenzaron a hacer ofrendas en mesas, con los alimentos y bebidas nuevas, mezcla de las culturas mesoamericanas y europeas que se fundían en una sola: la mexicana. Una tradición renacida y sincretista, pero que mantenía su esencia original. La sal, el fuego, el agua y los alimentos y bebidas siguen colocándose para los ancestros, pero también se agregaron las calaveras de azúcar y el pan de muerto, ambos, alimentos que finalmente representan como la vida impera sobre la muerte y la devora.

Surgieron las “Calaveras”, un producto literario escrito usualmente en verso, que trata de la muerte, llamada “la flaca”, “la calaca”, “la tilica”, “la catrina”; y alguna persona, ya sea algún familiar o amigo, o algún político o personaje famoso. En la “Calavera” se utiliza el humor, el sarcasmo, la ironía y la sátira para hablar de un suceso gracioso y lleno de ingenio relacionado con el personaje.


También surgieron las afrancesadas “Catrinas”, la muerte vestida de manera elegante con vestido y sombrero, como toda una dama de sociedad, vista por vez primera en la pintura de Diego Rivera “Sueño de un domingo por la tarde en la Alameda”, donde aparece como personaje central. Ahora se reproducen las “Catrinas”, en dibujo, pintura, papel maché o en disfraz, con diversas temáticas, pero siempre viendo a la muerte como una “persona” más, con la que convivimos diariamente y con quién en lugar de llorar, reímos.

Actualmente, la celebración se continúa haciendo para nuestros ancestros que descansan en el otro mundo, en días que seguimos considerando como santos, ya que nuestros muertos tienen la potestad de regresar para convivir con nosotros y disfrutar de nuestros alimentos y bebidas colocados en las ofrendas. Son días de regocijo en los que los mexicanos nos reímos de la muerte y recordamos a nuestros familiares y amigos que ya no están físicamente con nosotros, pero que siempre viven en nuestro recuerdo y nuestro corazón.



FRANKY "CELEBRANDO A LOS MUERTOS" CYBORG...

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