martes, 10 de septiembre de 2013

El Laberinto del Minotauro -PARTE II-



¡Saludos Lectores!. Siguiendo con el tema del Minotauro, tenemos al maestro Borges que en su cuento “La casa de Asterión” incluido en el libro "El Aleph"; Jorge Luis Borges efectúa un original hipertexto del mito de Teseo y Ariadna. El escritor argentino ficcionaliza y personifica al minotauro, esa bestia mitológica híbrida a quien le atribuye el derecho a un nombre propio. 

 Este intertexto desplaza al semi-toro de su condición de victimario para convertirlo en víctima, gracias a la eficaz utilización del conocido procedimiento de intertextualidad. Existen dos focos narrativos: la focalización interna en primera persona protagonista y la focalización externa en tercera persona, cuando Teseo finalmente comenta a Ariadna que la bestia no se había resistido a morir.

Aquí asistimos a una elipsis temporal, laguna de acción sugerida por el blanco tipográfico que diferencia visualmente la presencia de ambos narradores. A diferencia de la salvaje bestia alimentada de víctimas humanas –el obligado tributo de Atenas a Creta–, Asterión es inocente del mal que provoca. Los hombres que ingresan a su “casa” mueren sin explicación, o al menos él no la revela.

 ¿Mueren del susto? ¿Los asesina sin saber que los está matando? ¿O la esperanza de la muerte anula toda conciencia de maldad?


Es que el minotauro considera la muerte como una salvación del suplicio, del encierro auto-impuesto al que se ha sometido en el laberinto de Cnosos, luego de sufrir la marginación del vulgo exterior. Su soledad y aburrimiento necesitaban fin. Desde que un prisionero profetizó la llegada de su redentor, aguarda esperanzado la salida de la cárcel. Este cuento es una clara alegoría cristiana. 

En el mensaje literal encontramos a una bestia humanizada, que reflexiona y sufre. La lectura subliminal nos revela al hombre. El laberinto es metáfora del mundo. El redentor Teseo, según un abordaje superficial alude a Cristo, cuya llegada garantizará la trascendencia humana en el más allá, en virtud de las acciones buenas.

Y el “lugar con menos galerías y menos puertas” es evidentemente el cielo, paraíso.  Como vemos, la mirada borgiana reformula la imagen negativa que la tradición había construido en torno al salvaje minotauro, convirtiéndolo en una criatura digna de compasión.

Un Minotauro Humanizado

 A continuación transcribimos la versión que Jorge Luis Borges elabora del mito. Gracias al procedimiento de intertextualidad, el escritor reelabora el comportamiento de la bestia mitológica conservando su aspecto característico. También es hijo de la reina de Creta, Pasifae, y de la encarnación del dios Poseidón en un toro blanco. Pero existen variantes en relación al mito original: el número de prisioneros que entran a su casa, el concepto de “infinito”, la alegoría religiosa.

Ahí va “La casa de Asterión”. Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión APOLODORO, Biblioteca, III, I Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. 

Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito –1– están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra.

 (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero.

El Minotauro, Borges y Asterión

¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura?. Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. 

La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. 

No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera. El hecho es que soy único. no me interesa lo que un hombre pueda transmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. 

A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos. Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. 


Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. ( A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.).

 Pero de tantos juegos el que prefiero es el del otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa.

 Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos. No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. 

Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. 

Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Esto no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. 

Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo. Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. 

Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá que me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. 

¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo? El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba un vestigio de sangre. 

 - ¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió. A Marta Mosquera Eastman -1- El original dice catorce, pero sobran motivos para inferir que en boca de Asterión, ese adjetivo numeral vale por infinitos.

FRANKY "UN ENFOQUE DIFERENTE, CREA UN IDEA DIFERENTE" CYBORG

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