miércoles, 2 de julio de 2014

Madame Bathory, la condesa sangrienta


¡Saludos! Los personajes de las leyendas populares son casi siempre exageraciones de personajes reales, distorsionados por la crónica y el imaginario colectivo. Sin embargo, esta ecuación no siempre es precisa, de hecho, en ocasiones resulta inversamente proporcional. 

Podemos tomar cualquier novela de vampiros, cualquier relato ó poema acerca de estas sanguinarias criaturas nocturnas y enseguida advertir qué pálidos resultan si los contrastamos con la vida de Elizabeth Bathory, la condesa sangrienta.

La infancia de Elizabeth Bathory fue miserable, llena de carencias e ideas distorsionadas acerca de la sociedad. 

Nació como Gabrielle Erzsebet Bathory-Nadasdy; pero todos la conocieron como Madame Bathory, un nombre que pasaría a encarnar la infamia y el deseo absoluto de poder. No obstante estas cualidades nefastas, la condesa es una de las figuras tenebrosas más enigmáticas de aquel período. 

Su cuna fue la mítica Transilvania en un año igualmente mítico: 1560.

Su familia era una de las más poderosas y ricas de la región. Entre sus parientes había un cardenal, un duque y hasta el príncipe de Transilvania. Su primo, el conde Thurzo, fue primer ministro de Hungría, y hasta el rey Esteban de Polonia se contaba entre sus parientes sanguíneos.


Entre la religión y los asuntos de estado esta familia inorgánica tenía otros intereses: un tío era nigromante, una tía se manifestaba abiertamente lesbiana, y un hermano ganaba adeptos entre la plebe por sus conquistas amorosas, muchas de las cuales lograba a través de la extorsión. Se dice que a los cuatro años de edad la pequeña Elizabeth Bathory sufrió violentos temblores, espasmos y convulsiones. 

A los once años, cuando todavía jugaba con elaboradas muñecas de porcelana, fue prometida al conde Ferencz Nadasdy, un hombre del que sospecha tenía una rara obsesión por los insectos. Elizabeth Bathory fue enviada a pasar una temporada con su nueva familia. Algunos historiadores coinciden en que fue allí donde comenzó a manifestar los primeros síntomas de una personalidad sádica, tal vez como respuesta a las vejaciones a las que fue sometida por su prometido. 

 A los trece años Elizabeth Bathory quedó embarazada, y no precisamente del conde Nadasdy, al que se acusa de estéril y acaso impotente; sino de un pobre y desconocido sirviente del castillo. 

El muchacho fue castrado en una ceremonia reservada y luego arrojado a los perros. Elizabeth Bathory, como el de muchas mujeres de la nobleza, fue enviada a un remoto castillo familiar para que pariera lejos de miradas indiscretas. Se hizo desaparecer al bebé apenas nació. Algunos historiadores sostienen que fue criado por una doncella húngara a la que se le abonó una comisión para abandonar el país. 

Otros cuestionan esta hipótesis, y sostienen que Elizabeth Bathory siempre se sintió culpable por la muerte de su hijo. Tal vez la sangre que empezó a reclamar en lo sucesivo tenía como objetivo silenciar los llantos estremecedores de aquel infante que ni siquiera fue dignificado con un nombre. 

Conviene aclarar que, a diferencia de la mayoría de los nobles de su tiempo, Elizabeth Bathory poseía una educación considerable.


Hablaba perfectamente el húngaro, el latín y el alemán. Su cultura era extensa y sus modales eran impecables... acaso demasiado. Para muchos el férreo comportamiento protocolar de Elizabeth Bathory enmascaraba una personalidad obsesiva, frágil, paranoide, cuyo mundo podría desmoronarse con la simple omisión de alguno de sus muchos rituales diarios. 


Se piensa que por esa época las inclinaciones sádicas de Elizabeth Bathory ya eran conocidas por su prometido y por el resto de la familia. Por extraño que parezca, esto no fue una luz de alerta. Esta clase de actitudes violentas e intempestivas eran moneda corriente en la aristocracia, de modo que nadie consideró el asunto como algo relevante. 

 El 8 de mayo de 1575, con solo 15 años de edad, Elizabeth Bathory contrajo matrimonio con el conde Nadasdy, de 26. La pareja se instaló en el suntuoso castillo Csejthe, en la región de Nyira al noroeste de Hungría. Sin embargo, el joven matrimonio se veía en raras y contadas ocasiones debido a la prolífica actividad militar del conde, conocido como el "Guerrero Negro" a causa de su armadura oscura. 

Pasaron diez años hasta que Elizabeth Bathory quedó embarazada y tuvo a su primera hija, Ana. Luego vendrían Úrsula, Katherina, y finalmente su único hijo varón, Pàl. El 4 de enero de 1604 murió su marido, dejándola viuda a los 44 años. 


Cómo primera medida Elizabeth Bathory expulsó a su odiada suegra del castillo y encerró a las criadas de confianza de la anciana en los sótanos. Para realizar estas tareas Elizabeth Bathory contó con la colaboración inestimable del fiel Thorko, un sirviente personal que la inició en la magia negra y la adoración diabólica. Con la ayuda de Thorko y también de su vieja niñera, llamada Ilona Joo, Elizabeth Bathory comenzó a torturar metódicamente a algunas criadas del castillo. 

Atraídos por este festival de tormentos se fueron sumando otros cómplices afines a la sed de sangre de la condesa: Johannes Ujvary, un perverso consumado, y dos brujas sádicas llamadas Dorotea Szentes y Dárvula. Por esa época comenzaron a circular extraños rumores en las aldeas cercanas acerca de hechos siniestros entre los muros del castillo. 

Incapaces de atribuirle esos tormentos y vejaciones a una mano humana, se habló de vampiros y oscuros rituales demoníacos. Pero aquellos que conocían la personalidad de Elizabeth Bathory meneaban la cabeza por lo bajo y susurraban que la obsesión de la condesa por su belleza era algo más que un simple acto de vanidad femenina. Todos los historiadors coinciden en comentar una anédota que ilustra perfectamente el carácter violento de Elizabeth Bathory. 

Cierto día una de sus criadas le tiró accidentalmente del cabello mientras la peinaba. Elizabeth Bathory la abofeteó, tan fuerte que se salpicó la mano con la sangre de la nariz de la muchacha. De inmediato, casi como un reflejo o un impulso largamente contenido, la condesa sintió que la piel de su mano recuperaba la frescura de la juventud. Allí despertó el monstruo. 

 Entusiasmada por la teoría de que podía absorber la juventud de sus doncellas a través de su sangre, Elizabeth Bathory convocó inmediatamente a Johannes Ujvary y a Thorko. Bajo su supervisión ambos desnudaron a la pobre muchacha y la degollaron mientras entonaban salmos incomprensibles y diabólicas letanías. 


La desangraron en una tina. Ese día Elizabeth Bathory se dio su primer baño en sangre humana. Entre 1604 y 1610 los oscuros agentes de Elizabeth Bathory se dedicaron a proveerle de mujeres entre 9 y 16 años para sus sangrientos rituales. En un intento desesperado por mantener las apariencias, la condesa persuadió al pastor local para que a las desafortunadas se les ofreciera funerales y entierros respetables. Cuando la cifra de muertes creció alarmantemente el párroco comenzó a manifestar sus dudas.

 Elizabeth Bathory se vio forzada a enterrar a sus víctimas en los jardines del castillo al amparo de la noche. Algunos dicen que fue este párroco quien la denunció oficialmente ante el rey a través de la curia. 

 Por aquellos años Elizabeth Bathory tenía la costumbre de quemar los genitales de las sirvientas con velas, carbones y hierros al rojo vivo por pura y demencial diversión. También generalizó la práctica de beber la sangre directamente de las mejillas, los hombros y los senos de sus víctimas mediante mordiscos feroces.

Adicionalmente azotaba con vehemencia a las desafortunadas, y no en la espalda, tal como era la costumbre, sino en los pechos. De esta manera podía ver los rostros aterrorizados y atenazados por el dolor. En su obsesión Elizabeth Bathory creía que la sangre la mantendría siempre bella. 

Según el testimonio de un testigo que acompañó al conde Thurzó al castillo infame de Elizabeth Bathory, lo primero que vieron al entrar fue a una joven en el cepo del patio, en un estado que lindaba con la muerte a causa de los golpes que le habían fracturado la cadera. En el interior del castillo encontraron a una muchacha desangrada en el medio del salón, y otra que agonizaba con su cuerpo perforado por cientos de agujas al rojo vivo. En las mazmorras descubrieron a una docena de jóvenes más, algunas de las cuales habían sido cortadas, perforadas, descoyuntadas, desmembradas, descuartizadas, y otras atrocidades. Se exhumaron cincuenta cuerpos en los terrenos adyacentes.

 Todo el castillo estaba cubierto de manchas de sangre seca; cada corredor, cada salón, despedía el fétido hedor de la muerte y la putrefacción. Por el diario personal de Elizabeth Bathory, quien anotaba con meticulosa crueldad cada una de sus "diversiones", sabemos que el número de víctimas asciende al menos a 612 personas. Las torturas de Elizabeth Bathory iban acompañadas por violentas bacanales. Los gritos de dolor se mezclaban con el paroxismo erótico de la condesa y sus agentes. Sin embargo, el objetivo principal de estos rituales no era el placer sensual, sino que culminaban al beber la sangre mientras todavía manaba tibia de las heridas de las jóvenes.

 En 1609, y como consecuencia directa de la falta de criadas en la zona a causa esa masacre sostenida, Elizabeth Bathory cometió un error estratégico que eventualmente acabaría con ella. Comenzó a adoptar niñas de buena familia con el pretexto de educarlas en las maneras de la corte. La última víctima conocida fue una niña de 12 años llamada Pola. 

Su asesinato fue particularmente cruel, incluso si hablamos de Elizabeth Bathory. La prudencia exige la omisión de los detalles escabroso. Baste decir que la joven sufrió tormentos indecibles en el interior de una jaula construida con forma de esfera, demasiada estrecha para sentarse y demasiado baja para estar de pie. El interior estaba cubierto de púas de un pulgar de largo. Encima de esta celda macabra Elizabeth Bathory y sus secuaces realizaron una interminable orgía, sacudiendo la jaula y provocando la muerte lenta y atroz de la muchacha debido a una sucesión incontable de perforaciones. 

 En 1612 se inició el proceso judicial contra Elizabeth Bathory. La condesa se amparó en sus fueros nobiliarios, que le ahorraban comparecer frente a las autoridades salvo por casos de traición. Quienes sí comparecieron ante la ley fueron sus colaboradores. 

El juicio se centró únicamente en las muertes de las jóvenes aristocráticas. Las muchachas pobres jamás obtuvieron el reconocimiento de la justicia. Salvo Dárvula, aquella astuta bruja que la inició en el satanismo, casi todos los agentes de Elizabeth Bathory fueron torturados y quemados en la hoguera. Katarina Beneczky, de tan solo catorce años, era la más joven de las colaboradoras de la condesa, y también salvó su vida por pedido expreso de la madre de una de las sobrevivientes, posiblemente extorsionada para obrar de ese modo. 


A todas las hechiceras que conformaban su corte sólo se les arrancó las uñas por haberlas empapado de sangre cristiana. Oficialmente Elizabeth Bathory nunca fue declarada culpable por sus crímenes, aunque si se la encerró en una torre del castillo. El cuarto que le servía de prisión fue tapiado con ladrillos y era custodiado por oficiales sordos. Se dejó sólo una rendija para pasarle los alimentos. 

 El 31 de julio de 1614 Elizabeth Bathory escribió su testamento y una especie de descargo que no sobrevivió. El 21 de agosto de ese año uno de los carceleros la vio tirada boca abajo en su celda, se derribó la pared y se comprobó que había muerto. 

 Así dejaba este mundo, a los 54 años de edad, la condesa sangrienta. Elizabeth Bathory cometió toda clase de atrocidades en una absurda batalla contra el tiempo. Su lucha tenaz y diabólica por conservar la fugaz belleza física acabó con centenares de vidas; aunque la ironía del destino nos ha dejado una frase por lo menos inquietante a favor de la efectividad de aquellas operaciones siniestras. 

 Se dice que durante sus funerales el párroco del pueblo de Eczed afirmó: Era la mujer más hermosa que mis ojos hayan visto.

FRANKY "MACABRA DAMA SANGRIENTA" CYBORG

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