viernes, 24 de abril de 2015

En defensa de Cocorí


"QUE APRENDÍ LEYENDO A COCORI… En defensa de don Joaquín". 

Articulo de: Quince Duncan

Yo pasé por la escuela antes de Cocorí. Es más, soy ocho años mayor que él. De modo que mi lectura de esta obra es, afortunadamente, tardía. Cuando al fin la leía, tenía la madurez para discernir entre la paja y el grano.

Cocorí es una novela infantil, publicada por el escritor costarricense Joaquín Gutiérrez Mangel a finales de los años 40 del Siglo anterior y muy utilizada como texto escolar. Además, es posiblemente la obra costarricense más traducida. Hace unos años, dos Asociaciones afrocostarricenses, solicitaron al Presidente de la República que dicho texto no fuese de lectura obligatoria, porque a su juicio no era conveniente utilizarla en la enseñanza a una tierna edad, por algunos de sus contenidos. Aquello trajo una polémica y dividió a periodistas e intelectuales.

La novela trata de un niño caribeño que lleva el nombre de un cacique indígena. El personaje Cocorí, al inicio de la obra literaria, es feliz dentro de sus limitaciones. Su vida es una aventura magnífica (p.9). Su ambiente es selvático, un lugar hostil en el que “las ramas se alargaban como garras para atraparlo y veía sombras pavorosas por todas partes”. En la playa está al borde de la “mole tenebrosa” de la selva. Pero siempre podía sepultarse en las faldas de su madre y esconder su temor (pp.10-11). Vive pues traumatizado por el temor en su propio hábitat. Otra característica destacable es el hecho de que el pueblo de Cocorí es bastante primitivo. Miden el tiempo en “lunas” y no se trata de ninguna civilización con calendario lunar. Y describen el funcionamiento del barco como que “comen fuego y echan a correr bufando” (p.13).

Pues bien, la lectura me llamó la atención por varias cosas. Primero, que los negros de la novela dan gracias a Dios cuando vienen los blancos. De pronto me veo en un pueblo que expresa inusitada algarabía. “Sucedía algo inusitado” nos cuenta el narrador, a resultas de lo cual “gesticulaban exaltadamente frente al mar”. Incluso, “algunos lanzaban sus sombreros al aire y la algazara crecía por momentos” (Algazara es vocería de moros, según la Real Academia) “Un barco, un barco” el viento trajo los gritos. “Llegan los hombres rubios” (p.12).

¿Por qué tanta “contentera”? No he podido ver en la visita de los hombres rubios ninguna ventaja para la gente negra. Al contrario, los habitantes del pueblo les llevan varios botes cargados de “caimitos, papayas, piñas, plátanos”. ¿Por qué incluso llegan a adornar “las bordas (de sus botes) con rojas flores y desde lo alto del mástil colgaron largas guirnaldas de orquídeas”. Cocorí se coló para acercarse al gran barco con “temerosa fascinación”. No hay duda, la gente negra del pueblo da gracias a Dios cuando vienen la gente blanca porque los considera una salvada. Y me pregunté, ¿salvada de qué? Y es más, ¿de veras somos así? O a lo mejor simplemente se alegarían por la visita, independientemente de las características fenotípicas. Vamos, dejemos abierta la interrogación.

También captó mi atención el hecho de que Cocorí sea un negrito que hace preguntas, lo cual en el contexto de la novela es francamente extraordinario. Cocorì es un negrito fuera de lo común. Sin embargo, a pesar de su extraordinaria capacidad de hacer preguntas, es, por decir lo menos, de un bajo nivel intelectual: a sus siete años no sabía que las imágenes se reflejan en el agua (p.9) y además el pobrecito confunde la cabellera roja del marinero blanco con el fuego (p.14). ¡Simpático el bendito negrito!

Pues bien, si me atengo a la novela, las personas “blancas” ven a las personas “negras” de manera muy extraña. De hecho, en el encuentro entre la niña blanca que viene en el barco y el niño negro Cocorí hay un impresionante nivel de tensiones. Debajo de la aparente ternura se esconde la agresión verbal y sicológica. Cuando el niño y la niña se encuentran por primera vez ella dice “Mamá, mira un monito” (Cocorí, ediciones anteriores) o “Mamá mira que raro” (p.14) en la edición citada. Cocorí tiene hacia ella una admiración pasiva. Se abochorna y se pone color berenjena cuando la niña lo confunde con un animal. 

Me miro frente al espejo y recuerdo a mi querida niña Mireya, mi maestra estrella, porque sé que ella nunca me miró de esa manera.

Pero percibo con el niño la mirada terrible, de furibunda divinidad griega en los ojos de la madre de la niña, mirada que termina acomplejando a Cocorí. Me asusto con él. Pero además él siente pena por su color y corre despavorido. Huye y se esconde. Yo me quedo desconcertado frente a la escena. La niña lo pierde de vista entre frutas y flores, y Cocorí que ha perdido su felicidad por primera vez, solo atina a asomarse de vez en cuando desde su improvisado escondite. Al final, Cocorí, como “negrito bueno”, no reacciona con enojo, resentimiento, desprecio o cualquier sentimiento de ese tipo, sino que se inventa el cuento de que la niña seguramente está enojada con él y se auto recrimina. ¿Por qué ella habría de estarlo si fue ella la que ofendió? Es decir, Cocorí se culpa a sí mismo. Trata entonces de congraciarse con ella, mediante la propiciación (aplacar la ira de la diosa) presentándole obsequios (pp.14-15). Ella recibe los regalos, “lo absuelve” con un beso y lo bendice regalándole una rosa. Esta es la primera recuperación de felicidad para Cocorí. Y un paso adelante en la humanización de la niña blanca. Y es que el racismo no es espontáneo, no es natural, no viene de los niños: lo han construido los adultos como mecanismo de exclusión y dominación.

Bueno, otra cosa que me pareció curioso y divertido es que para el pueblo de Cocorí la rosa de Europa, trae inteligencia, felicidad y salvación para todos los cocorís del mundo. El niñito de la selva que ha tenido siempre “pensamientos más negros que su piel (p32), y que ha vivido entre animales perezosos y violentos que se pasan la vida rumiando pensamientos negros y malvados (p.74) de repente se ilumina y alcanza el pensamiento abstracto y poético. En la tierra de los hombres rubios que ahora imagina, las niñas y las flores son iguales de hermosas. Ha degradado su espacio propio. Ha idealizado el espacio ajeno sin conocerlo siquiera (p.16).

Ah, pero, se me olvidada decir que la Rosa trajo luz a la comunidad negra. A algunos de sus miembros los hizo más buenos. Los hizo inteligentes. De hecho, una vez que la Rosa se implanta en el centro del jardín de la Mamá Drusila, la selva se transforma. “Vio al aire galopar alegre arrastrando mariposas (p74) y a las “magnolias jugosas” regándose por los tallos. Cocorí y sus amigos bailan de alegría. Han encontrado sentido a sus vidas. La redención está completa (pp.75-76). El implante de la Rosa es el implante de una nueva cultura, de una nueva naturaleza. Las flores carnosas, carnívoras e hipnóticas de la selva se han degradado y han cedido lugar al símbolo de lo externo. Ahora el cristal, el aroma sutil y la nube rosada de encanto estarán presentes siempre como símbolo del bien y de lo útil (la civilización de los hombres rubios) para erradicar al mal y extirpar lo inútil (pensamientos “negros” y malvados de la selva).

¡ Caramba!, confieso que para mi eso fue terrible, porque yo vivía enamorado de los paisajes nuestros y francamente, aunque he tenido la suerte de disfrutar de las goces de Europa, sigo pensando que “es mil veces más bella mi tierra”. 

La novela comentada también me introdujo a la filosofía profunda de Cocorí. “¿Por qué mi Rosa tuvo una vida tan corta? ¿Por qué otros tienen más años que las hojas del roble?” (p. 33). Tras acudir a muchos personajes, incluyendo a los animales de la selva, es el Negro Cantor quien le da la solución al enigma. “No ves que tu Rosa tuvo en su vida luz, generosidad, amor” y estos otros (los de la selva) “nunca los han conocido”.


Me invadió una profunda tristeza. Mi habitat, mi selva tropical, mi Caribe hermoso ha quedado también moralmente degradado frente a la rosa. Y la redención de Cocorí, viene por influjo de la rosa y el pobre recuperará su felicidad de manera definitiva, cuando el tallo de la rosa que su madre sembró se convierte en una nueva mata florecida y ya arraigadas en su jardín las “grandes rosas rojas se abrían bajo el candente sol del trópico (con) los estambres del más fino cristal y esparcían alrededor un aroma sutil, como una nube rosada de encanto”.

¡Caramba! ¡Toma negrito!. Me hubiese bastado eso. Pero mi mente inquieta se puso a analizar la selección léxica. En efecto, las palabras se usan de manera sesgada y por tanto, la narración es asimétrica. Así en toda la novela el niño negro, Cocorí, es tratado como “negrito” unas cuarenta veces y no pude encontrar ni una sola vez en que fuese tratado como niño, salvo aquella en que él mismo se declara incapaz, por niño, de comprender lo que estaba pasando (p.33). La niña blanca en cambio siempre es tratada como “niña” sin ningún calificativo. No se le dice “blanquita”. 

A la hora de describir a Cocorí el narrador hace caricatura sobre su aspecto externo: tiznado, hollín que no se le quita, encías de papaya, se ruboriza como berenjena, color caimito. Un lenguaje sencillo y directo dirigido a una descripción objetiva, es decir, exterior. Lo que el narrador nos presenta son las características somáticas del personaje. (pp. 9,14). La niñita blanca, inspira otro enfoque. No es pálida, blancuzca o fantasmagórica. Por lo contrario: se resalta, en contraste, las características físicas asociadas a la poesía, “puñado de bucles” y “rubia” (p.72). Pero el narrador para completar la descripción recurre a adjetivos que le permiten poetizar aún más. Agrega otras características subjetivas tales como “sol”, “miel” “rodaja de cielo” “suave”.


A esas alturas, identificaba a la madre Drusila con la mía. Pero he aquí que me aguardaba otra sorpresa –no encontré en ella los gritos de alegría y la profunda ternura de los ojos de mi madre doña Eunice, quien sigue siendo una de las mujeres más bella que jamás conocí. Allí confronté a una mujer negra que cuando se enoja “brama” y “zapatea” como lo hacen los ciervos y otros animales salvajes en la época del celo. Y para colmo, es madre agresora que trae a mosquetazo limpio al pobre Cocorí.
Se sorprenderán los lectores de saber que, aún con todo eso, vengo en defensa del autor. Yo creo que don Joaquín Gutiérrez Mangel, creó este pequeño libro llamado Cocorí para mostrar al mundo todo lo que no es la comunidad en la que él dice haberse criado. En realidad, nunca, en ninguna parte de la obra él menciona a Limón. Por tanto, todos los que le atribuyen a la obra el estar situado en esa provincia, (incluyendo maestros, profesores, críticos literarios, periodistas y magistrados de la Sala Cuarta) leyeron un texto imaginado y no el real. O sea que, en realidad, Cocorí no es pariente mío. Cocorí no soy yo. Mamá Drusila no se parece en nada a mi madre. Ese pequeño pueblito no tiene nada que ver con nosotros, los afrocostarricenses porque no es un pueblo afrocaribeño. Y no se parece en nada a mis nietos.

Pensemos bien. Es obvio que el autor Gutiérrez, habiéndose criado en contacto con la comunidad afrocaribeña limonense, sabía que el nivel educativo de la Provincia de Limón era en los años genesiacos el segundo más alto del país, solo superado por Heredia (Censos Nacionales de 1927). De hecho, algunos hijos de inmigrantes del Valle Central o del extranjero, del círculo social al que pertenecía don Joaquín, fueron a las escuelas tradicionales de inglés a aprender a leer y escribir, ya que durante los primeros 50 años de presencia afrocaribeña en Limón (a partir de 1872), el único sistema escolar que existía era el de los jamaicanos y el nivel de escolaridad era más alto que en la mayoría del resto del país. De modo que Gutiérrez, integrante de la corriente que los estudiosos han llamado realista, difícilmente iba a atribuirle siquiera ficcionalmente a un negrito limonense no saber a los siete años que las imágenes se reflejan en el agua (p.9) –y de hecho no lo hizo.

Tampoco iba el autor comentado a postular con “realismo” que había una comunidad afrodescendiente en la región de Limón, por lo demás costeña, que no hubiese visto a un “blanco” en 20 años. Porque don Joaquín, como buen limonense de crianza sabía que los afrocaribeños llegaron con los “blancos”, es decir, fueron traídos por norteamericanos y europeos y trabajaron en sus empresas. La situación es posible en la ficción, pero no tiene nada que ver con el Limón histórico. Así que la afirmación de los magistrados de la Sala Cuarta de que por lo remoto de la zona, perfectamente en el Limón de 1948 pudiera haber habido niños negros “que nunca habían conocido a personas de raza blanca” no resiste un análisis serio, dicho con todo el respeto que puede otorgarse a semejante desatino. Muchos de los dirigentes religiosos, pastores o sacerdotes anglicanos eran blancos, y los jefes de las empresas que vivían en la Zona Americana al igual que sus familias, eran todos blancos. Además, de ¿dónde quedaba “remoto” Limón? Hasta donde sé, no está “remoto” con relación al mar Caribe por donde venían los barcos de los “blancos”.

Por otra parte, la imagen de niño acomplejado que muestra Cocorí, no calza. Precisamente, una de las características que algunos todavía hoy reclaman a los afrolimonenses es su etnocentrismo, su orgullo que algunos con cierta frecuencia califican de “pedantería”. Es decir, que el afrolimonense –a lo mejor alguien conoce alguna que otra excepción que confirma la regla- nunca a lo largo de toda su historia se ha creído inferior a sus vecinos. Sea o no válido, tenía orgullo original de británico y además una posición ventajosa que ocupaba en la estructura económica de la región, posición que le venía de ser anglo parlante, con un nivel educativo superior al de sus vecinos mestizos. Por algo Saul Zapata y 500 trabajadores costarricenses firmaron en 1940 el ya clásico manifiesto en que pedían la expulsión de los “negros” del país por que eran monopolizadores del trabajo y de costumbres diferentes. Ponía de ejemplo “la bananera del Atlántico que fue monopolizada por los negros, desplazando al trabajador costarricense; si acaso se conseguía algún trabajo era el de simple peón; los capataces, apuntadores, brequeros, maquinistas, empleados del comisariato, todos eran negros (ef.n); (...) Negros costarricenses no hay (...) los negros nacidos en Limón, hijos de padres antillanos no son costarricenses". (Saul Zapata, en, La Prensa Libre, 10 12 40). Lo anterior implica que nunca la comunidad afrocaribeña de Limón sufrió complejo alguno que permitiera a un niñito negro asustarse de ver su “rostro obscuro como el caimito, con el pelo en pequeñas motas apretadas” como le sucede al pobre Cocorí (p.9).

Pasándome ahora a comentar la forma en que cierto sector ha querido defender a Cocorí, la verdad es que hay argumentos que realmente conmueven. 

1. Se alega que don Joaquín no tenía ninguna intención de ofender. Por cierto que ese fue el gran y contundente argumento que utilizó el magistrado que redactó ese vergonzoso fallo de la Sala Constitucional. No creo los magistrados actuales serían capaces de sostener un argumento de tan endeble rigor. Una obra no se puede analizar a partir de las intenciones del autor. Cuando uno escribe y publica, la obra se tiene que valorar por lo que dice, por lo que presenta, por su contenido y estructura, por sus imágenes, en fin, por su mensaje. La única forma en que yo pudiera analizar una obra por la intensión de su autor, sería si se lo voy a preguntar. Y aún así corro el riesgo de que no sea totalmente sincero. Es asombroso que personas que han estudiado literatura utilicen este tipo de argumento. Y digo que me asombra, porque como estudioso de la literatura me tocó oírlo de mis profesores y leerlo en los textos teóricos. 

2. Un argumento que abunda en la boca de muchos es que el libro es muy hermoso y el libro costarricense más traducido. Bueno, no se puede negar que ambas cosas son ciertas. El libro, aunque contiene yerros como eso de confundir un cocodrilo (Crocodylidae) con un caimán (Lacertilia o Sauria), es una magnífica pieza literaria lo cual hace que el personaje no responda a la descripción del animal pp. 47,48. Pero el punto es que reproduce el estereotipo que un buen sector de la población costarricense tiene del afrocaribeño. Una distinguida profesora (blanca, por cierto) me hizo llegar un examen sobre Cocorí con sus respuestas. Me ha llamado la atención la pregunta 5. ¿Por qué Cocorí piensa que en el país de los hombres rubios las niñas y las flores son iguales? RESPUESTA: Porque se da cuenta que la rosa es más linda que todas las flores que hay donde él vive y también la niña rubia porque Cocorí solo conoce niñas negras que son feas como él. Hace poco en una escuela costarricense una pobre niña afrodescendiente se empolvó de blanco en su afán de cambiar su color para ser aceptada por sus pares. Y hace poco una profesora acusó a una madre que se quejaba de los problemas de discriminación contra su hija, “debiste haberlo pensado antes de enredarte con un negro”. 

3. Es evidente que los defensores de la obra, hacen gala de su capacidad de prescindir del texto para defender al texto. Recurren con facilidad al argumento ad hominem. Dice categóricamente en su fallo la Sala Constitucional, que “El autor Joaquín Gutiérrez, vivió toda su infancia en la Provincia de Limón, y por lo tanto, en el momento en que escribió su obra, conocía muy bien las circunstancias dentro de las cuales se desarrollaba el pueblo limonense de su época. Es claro que el autor deja entrever que Cocorí es un niño que vive en esa zona, y que al igual que muchos niños de esa época, -la obra fue escrita en 1948- nunca había conocido a gente de raza blanca; y de igual forma, es obvio que la niña tampoco había visto nunca un niño negro”. El argumento no se sostiene. En primer lugar la obra no habla de Limón y en segundo lugar es imposible que un niño negro en cualquier pueblo caribeño de 1948 no hubiera visto nunca una persona blanca, si todo el Caribe eran colonias de gente blanca, ni siquiera mestiza, blanca europea. Pero el máximo absurdo se da cuando la Sala alega que “Dentro del contexto histórico era muy difícil que los niños conocieran gentes de otras razas: los medios de comunicación eran mínimos, la Provincia de Limón estaba separada completamente, de las demás” (o sea que los blancos que venían en barco eran de San José, de Heredia, de Cartago) “las posibilidades de viajar eran pocas y muy difíciles, todo lo cual, contribuyó a que en el encuentro de razas, existiera asombro por parte de los personajes y que no sólo por ignorancia, sino también por la inocencia de la niña, hiciera una comparación de este tipo”. Bueno, tengo que confesar que la primera vez que vi un tico blanco, era de Cartago. Todos los demás era de piel oscura, afromestizos, hispano mestizos, indígenas, en fin, blanco, blanco no había visto a ninguno. Llegó con su padre a vivir a Estrada y fue uno de los primeros que vimos jugar buen fútbol. Nosotros jugábamos béis y criket. Pero en Limón, los blancos eran gringos o europeos. 

4. Se ha alegado que en Costa Rica no hay racismo. Este argumento, reiterativo agrega que además, don Joaquín, siendo un hombre de izquierda, no pudo haber escrito un texto racista. El propio autor, comentando un programa de televisión sobre la materia, reconoció que hay racismo en Costa Rica: “en Tiquicia no sólo hay racismo anti-negro sino también anti-indio, anti-chino, anti-polaco, etc., creemos que eso exigía otra composición de los participantes; o un par de programas más. Hizo falta, además, alguien no negro, porque la discriminación hace difícil que todo discriminado escape totalmente a la distorsión que sufre” (Semanario Universidad, 23 de setiembre de 1983) Este es otra versión del argumento de la “intención”. Varias personas me han dicho esto. “Yo lo conocía muy bien, y jamás”. Pues, ese argumento no se puede sostener, tomando en cuenta las posturas de los fundadores del marxismo, los señores Marx y Engels. Federico Engels en 1887 calificaba en términos muy despectivos a Paul Lafargue un afrocubano yerno de Marx. Sostenía que Paul tenía “un octavo o un doceavo de sangre de negro y en tal condición estaba un paso más cerca del reino animal que del resto de nosotros”. Y Marx defendía la esclavización de la población negra en Estados Unidos a capa y espada. “Sin la esclavitud, Norteamérica, el país más desarrollado, se transformaría en un país patriarcal. Si se borrara a Norteamérica del mapa del mundo, tendremos la anarquía, la decadencia absoluta del comercio y de la civilización moderna. Pero hacer desaparecer la esclavitud equivaldría a borrar a Norteamérica del mapa del mundo”. (Marx y Engels, Obras Escogidas, tomo II). No creo ni por un momento que don Joaquín estuviese dispuesto a suscribir las supra citadas palabras. Como hemos señalado, él mismo reconoce la existencia del racismo en Costa Rica y no solo contra la gente negra. 

Pero no olvidamos que el racismo es una programación ideológica que está latente en la cultura occidental, y cualquiera puede reproducir ideas racista aún sin que sea intencional o totalmente consciente. Lo que no se vale es que uno frente a la crítica no rectifique, como es el caso que nos ocupa, aún cuando una compañero de su propio partido (el escritor Fabián Dobles, entonces editor de la Editorial Costa Rica) le hizo las observaciones y le pidió que hiciera las modificaciones, habida cuenta del estudio de Lorein Powell sobre la materia y de que ya no estábamos en 1948 y la humanidad estaba más consciente del racismo y sus nefastas consecuencias. Don Joaquín solo aceptó cambiar una palabra: en vez de “un mono” escribió “qué raro”, precisamente argumentando que él no era racista. Y esto lo sé porque yo era Presidente de la Editorial Costa Rica y desde luego, aún teniendo el poder me negué a censurar la obra. Que cada palo aguante su vela, pero que no se use con nuestros niños, nuestros niños todos. Lo cierto es que como dice Fidel Castro, “Nosotros no tenemos que luchar solamente contra una serie de intereses y de privilegios que han estado gravitando sobre la nación y sobre el pueblo; tenemos que luchar contra nosotros mismos, tenemos que luchar muy fuertemente contra nosotros mismos (...) hay gente que va a la iglesia y es racista, hay gente que se llama revolucionaria y es racista, hay gente que se llama buena y es racista, hay gente que se llama culta y es racista” (En línea, http://contraelracismo.cip.cu/citas_fidel/cita1.html).

5. Una lección que no viene del texto, es que los niños blanco-mestizos de las escuelas se apropian con gran facilidad de Cocorí y de inmediato lo aplican a cualquier compañero negro que esté en la escuela. Y no lo aplican en son de admiración, antes bien lo hacen como un recurso agresivo. Son cientos de niños negros que han llegado a la casa llorando, habiendo perdido su nombre, sustituido por el apelativo Cocorí. Y son cientos de padres que han tenido que aplicarse a fondo para restituir el autoestima de sus hijos varones. Por eso fue doloroso que nuestra expresidenta terminara un magnífico discurso en la celebración del Día de la Persona Negra” anunciándonos que había llegado a amar a la cultura negra a través del hermoso niño Cocorí. Yo, sentado en mi butaca del teatro, solo acaté a elevar una oración, pidiendo que en el futuro nadie llegue a ver a mis nietos como Cocorí.

6. Otra gran lección que tampoco viene del texto, y que se dio en su defensa, es que el contacto sexual o amoroso con una persona de determinado grupo humano o la procedencia geográfica de uno, lo convierte en un experto sobre ese grupo humano o sobre la región de procedencia. Es decir, si una persona negra tiene un primer amor, una esposa blanca, hijas “mulatas guapísimas”, inmediatamente se convierte en un experto en blanquitud. Eso me lo enseñó un estudioso de la literatura, experto en negritud, que reclamaba su experticia en “negritud” de sus dos matrimonios: una primera esposa negra y una segunda esposa china. Equivocadamente, pensé que sería un nuevo tipo de falacia que podríamos llamar de “apelación al ósmosis”. Jefferson puso en la Constitución de los Estados Unidos que todo hombre era igual ante la ley, pero no incluyó en su concepto de hombre ni a las mujeres (con quien tenía estrecho contacto) ni a las personas negras (a pesar del estrechísimo contacto que tuvo con una servidora suya, una afrodescendiente con la que por cierto procreó varios hijos). 

7. También aprendí, gracias a un periodista limonense que la relación geográfica o política convierte a la persona en una autoridad sobre el tema. No importa que uno haya vivido o no en una zona segregada, o no sea miembro de la comunidad estudiada. Si uno procede de una zona uno es experto en ella. No se requieren estudios: soy de allá, la conozco muy bien y por tanto tengo la autoridad suficiente para afirmar lo que afirmo con absoluta contundencia. De modo que si uno analiza una obra literaria sobre Santo Domingo de Heredia y es casado con una domingueña, eso lo convierte a uno en experto sobre temas domingueños. Y si además ha andado por la Calle de Lencha, pues es ya doctor en dominguismo. Ya lo saben queridos vecinos. Perdón, no recuerdo si existe la falacia de apelación a la procedencia geográfica. 

8. Finalmente, quiero referirme a algo que aprendí sobre mi propia persona y que no sabía y es que las personas negras somos hipersensibles y por tanto incapaces de juzgar nuestra propia situación histórica. Esto viene de algunos críticos académicos, que apelan al psicologismo, descalificando la opinión de los afrodescendientes sobre el tema, por haber sido discriminados. El mismo don Joaquín así lo señala al comentar el programa televisivo ya citado: “Hizo falta, además, alguien no negro, porque la discriminación hace difícil que todo discriminado escape totalmente a la distorsión que sufre”. Es decir, como fuimos discriminados somos “hipersensibles” al tema y podemos ser objetivos al hablar de la gente negra y sus relaciones con otros grupos. Sea que los costarricenses no pueden hablar de la colonia porque como fueron colonizados, son hipersensibles y no pueden tratar el tema con objetividad. Por lo visto, nadie le explicó eso a mi mentor Carlos Meléndez. ¡Caray! Descubrir ya grande y luego de tantos libros sobre el tema, que yo no puedo hablar de los afrodescendientes porque soy hipersensible al tema. Me hubiera dedicado a otra cosa, entonces. No sé por qué esta idea me recuerda aquel contertulio deportivo que casi mata de un infarto a Leonel Jiménez cuando afirmó que no era conveniente que nuestra selección jugara contra un equipo africano en Limón, porque los limonenses por su origen seguramente apoyarían a los africanos. En otras palabras, los cartagineses son hipersensibles con relación a los españoles porque Cartago fue la capital colonial y allí finalmente se declaró la independencia de España y por cierto, entonces, la Selección Española no podría jugar contra nuestra Selección en Cartago porque los cartagineses, por su origen, sin duda apoyarían al equipo español. ¿Razonamiento “galimateico” de un dirigente deportivo? ¿Existirá la falacia de Galimatías? Como colorario, cuando aprendía que mi conocimiento sobre el tema afrodescendiente me venía de ser “negro” y de haberme criado en Estrada y no de los miles de horas de quemada de pestaña estudiando el tema, de pronto me doy cuenta que por hipersensible al tema, no puedo opinar sobre ella. Y ahora sí quedé como moro sin señor. Entonces, a lo mejor, mis esfuerzos por lograr un país y un mundo con equidad, donde podamos construir todos a partir de nuestras herencias un legado común para nuestros hijos y nietos, me obligue a dedicarme más bien al estudio de la “blanquitud”. 

9. Pero bueno, en conclusión y en defensa de don Joaquín afirmo que Cocorí no tiene nada que ver con los negros limonenses y que el Caribe de la novela no tiene absolutamente nada que ver con el Caribe real. Toda la asociación que se ha fraguado entre la novela y los afrocaribeños limonenses o afrocaribeños reales, es inventada por algunos educadores, críticos literarios, periodistas y magistrados, porque el narrador de don Joaquín jamás dice que Cocorí es limonense ni relaciona al “negrito” con región o país alguno.

¡Vaya, vaya! ¿Me habrá llegado, como al pueblo de Cocorí, mi momento de algazara? En ese caso, me toca ahora romper en gritos y lanzar mi sombrero al aire. Después de todo, si una algazara es “vocería de moros”, como afirma la Real Academia, a lo mejor corre por mis venas la sangre de algún antepasado almorávido invasor de España. A lo mejor eso me quita lo hipersensible y me reivindique.

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